Nuestras conversaciones eran únicas. Podíamos hablar de todo, sin ningún problema. Desde estupideces como los programas de la tele, hasta nuestros secretos. Los silencios no eran incómodos y muchas veces comunicaban más que todas las palabras que habíamos dicho antes. Cuando nuestras miradas se cruzaban, sólo sonreíamos y eso era suficiente. Más que suficiente.
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